Debut en Rosario
Por invitación y gestión de Hugo Vitantonio, era mi primer concierto al frente de una orquesta sinfónica, Rosario, diciembre de 1993. El programa incluía algunas obras de repertorio y algunos “juegos” por primera vez en vivo y compartía el podio con Daniel Schapiro, en ese entonces director de la Banda Sinfónica de Córdoba; Carlos Núñez Cortés era el solista de piano en “Bésame Schumann” y “Rhapsody in blue”. Me había preparado “a fondo”, pero claro, a fondo de lo que podía en ese momento y recordando precisamente eso todavía no me explico cómo hizo la orquesta para tocar sin que nos estrelláramos a cada rato, heroica gente... Había escuchado toda clase de consejos, desde “Que mal te veo, Montevideo...” hasta “Vos plantate ahí delante, pegá cuatro gritos y ya está”, el asunto es que tenía una curiosa pero no muy saludable mezcla de enamoramiento de lo divertido del asunto con una sensación de trampolín de veinte metros de alto y poca agua abajo... Ya en la mañana del primer ensayo, mientras Schapiro empezaba a trabajar el “Russlan y Ludmilla”, me di cuenta que lo menos indicado era pararse ahí y pegar cuatro gritos, ni siquiera medio: la orquesta de Rosario era una buena orquesta con gente experimentada y siguiendo mi intuición, estaba seguro que apenas moviera la mano se iban a dar cuenta que era un absoluto principiante, así que mejor era encarar por el lado de la honestidad y de poner las cartas sobre la mesa, cosa que hice desde el primer momento y creo que me permitió contar con la buena voluntad de los músicos. Pero de todas maneras había un dato intranquilizador: me habían advertido que tuviera mucho cuidado con el jefe de fila de los segundo violines, describiéndolo como un tipo muy bravo, un “pocas pulgas”. Por razones perfectamente imaginables el comentario me quedó grabado y ya en el primer ensayo me dió un poquito de escalofríos ver llegar al personaje en cuestión, alto, de cabello oscuro, gesto aparentemente adusto, vestido de traje y con “lengue” (pañuelo al cuello al estilo tanguero). Por suerte el susto duró poco tiempo ya que al llegar el descanso dio la casualidad que se sentó en la misma mesa a la que me habían invitado otros músicos y ahí descubrí que no sólo no tenía nada de bravo ni “pocas pulgas” sino que, por el contrario, era un tipo fenómeno, campechano, de sonrisa fácil y mirada pícara. Lo que sí era cierto era lo de la “pinta”, nada raro porque además de ser un excelente guía de segundos resultó ser un tanguero de alma. En cada visita me da gusto volver a verlo. Pedrito García, un gran tipo.
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