La estatua de Pushkin
Contada por Sergio Viaggio. Traductor e intérprete del
más alto rango en las Naciones Unidas, Sergio es un queridísimo
amigo de muchos años y siempre hemos tenido en común
el gusto de compartir el relato de historias graciosas. Durante
sus cinco años en Moscú, estudiando y perfeccionando
sus estudios de ruso en tiempos de la Unión Soviética,
vivió una larga serie de peripecias pero creo que la máxima
es la historia del poeta.
En el mismo edificio donde el vivía, unos vecinos lo invitaron
a una fiesta y ahí fue Sergio... Como es de imaginar, el
consumo de alcohol era todo menos discreto, de vodka para arriba,
y había gente de toda marca y pelaje. Uno de los más
notorios y con algunos vestigios de sangre en su torrente alcohólico
era una poeta que al parecer tenía una particular obsesión
con Pushkin, de quien se declaraba enemigo acérrimo. Siendo
ya de madrugada y cuando la fiesta empezaba a decaer, o tal vez
lo que había decaído era el abastecimiento de botellas,
todos decidieron terminar la velada dando un paseo por las calles
de Moscú, y ya en la calle, el poeta insistió en que
fueran hasta la estatua de Pushkin porque él quería
orinar en ella. Llegaron a la plaza en donde está la estatua
y el poeta, después de echarse su anunciada meadita, se reclinó
contra la estatua y se quedó profundamente dormido. Y ahí
se produjo la chispa de la broma: dos de los invitados eran pilotos
comerciales que en un par de horas debían llevar un avión
carguero a Odessa. Sin pensarlo dos veces, cargaron al poeta en
el auto, partieron al aeropuerto, lo depositaron en el avión
y partieron. Una vez en Odessa, con el poeta todavía en el
mejor de los sueños, lo llevaron a la plaza en donde hay
otra estatua de Pushkin, lo reclinaron delicadamente en ella y se
escondieron detrás de unos árboles a esperar que el
poeta se despertara. Al rato y con los rayos del sol, el poeta comenzó
a desperezarse y cuando terminó de despertarse, mirando con
ojos desorbitados esa otra estatua de Pushkin y la desconocida plaza,
había sólo dos espectadores de la extraña escena,
dos pilotos comerciales desternillados de risa, saltando y dándose
palmadas como criaturas. Como para todas las cosas, también
para las bromas hay escala y esta es de las “grandes”.
Muy de “escala Unión Soviética”.
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