(Gershwin, el hombre que amamos)
El mejor clarinetista
En noviembre del ‘98 Baby, Jorge y yo fuimos invitados por
el querido Zuza Homem de Mello para hacer tres funciones de “Gershwin,
el hombre que amamos” en el Auditorio SESC de Vila Mariana,
Sao Paulo. Más o menos un mes antes del concierto la esposa
de Zuza pasó por Buenos Aires y nos encontramos a tomar un
café para darle el material de orquesta y charlar un poco
acerca de los preparativos. Cuando le pregunté si tenía
algún dato de la orquesta que se estaba formando Ercilia,
siempre encantandora y entusiasta, no supo darme muchas precisiones
pero me dijo que iba todo muy bien y que tendría al mejor
clarinetista de Brasil. Seguramente llevado por la euforia y por
la ambigüedad de algunos datos, creí que la orquesta
iba a estar formada por gente de la Sinfónica de Sao Paulo,
primerísima categoría, y ahí quedé yo
oscilando entre la alegría de contar con músicos de
tanto nivel y el susto de tener que dirigirlos. La cosa es que emprendimos
el viaje y finalmente llegó el día del primer ensayo.
Ya al verlos me pareció que eran demasiado jóvenes
y después de un par de preguntas me enteré que habían
sido elegido entre varias orquestas (universitaria, municipal, etc.)
y comencé con la obertura. Y no hubo ningún problema,
eran realmente buenos, buen sonido, mucha precisión, muy
placentero. Y luego encaré “Rhapsody in blue”
que aun jazzeada mantiene los episodios orquestales con pocas modificaciones
y, como no podía ser de otro modo, el celébre principio
con el glissado de clarinete. Dí la entrada inicial al primer
clarinete y este, luego del trino comenzó el glissado y se
le cortó. Le hice un gesto de “No hay problema, intente
otra vez” y nuevamente atacó. Y otra vez se le cortó.
Luego de intentarlo una tercera vez con el mismo resultado, le dije
que no se hiciera problemas y dí la indicación para
entrar directamente en el segundo compás. El resto del ensayo
fue todo bien y siempre con muy buena onda. En el descanso se acercó
el clarinetista para pedirme disculpas y asegurarme que al día
siguiente estaría resuelto el problema, cosa que acepté
tratando de tranquilizarlo en todos los sentidos y ya más
en confianza, me explicó: “Lo que ocurre, maestro,
es que yo nunca toqué música clásica...”
y ante mi gesto de sorpresa me dijo: “Claro, usted no me conoce,
mi nombre es Nailor Azevedo pero me llaman Proveta...” Claro,
no lo conocía de vista pero sabía perfectamente quien
era, un tremendo músico, arreglador, director de la Banda
Mantiqueira y un montón de cosas más. Ni que decir
que al día siguiente el glissado no solamente estuvo perfecto
sino que Proveta, ya confiado y tranquilo, nos regaló una
ejecución deliciosa y llena de swing como para recordar siempre.
Ercilia estaba en lo cierto, tenía en la orquesta al mejor
clarinetista de Brasil.
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