(Les Luthiers)
Una ventana...
A principio de 1973 Les Luthiers fue contratado para actuar en
Punta del Este, elegante balneario uruguayo, gracias a la gestión
de Horacio Molina, un amigo del ambiente musical, cantante y empresario.
Era un café-concert pequeñito, llamado “La fusita”,
con capacidad para unas ochenta personas. En ese momento éramos
siete pues hacía un año que Gerardo Masana, el fundador,
se había reincorporado al grupo y muchas veces recordábamos,
casi con incredulidad, cómo hacíamos para entrar los
siete luthiers y la parafernalia de instrumentos en una tarimita
de tres metros por uno cincuenta, con un piano vertical incluido.
El show tenía tres artistas, como se estilaba en aquella
época de café-concert. Primero cantaba Vera Sienra,
una buena cantante uruguaya, luego cantaba Horacio, tangos y boleros,
con una cálida voz y un buen gusto impecable, y cerraba Les
Luthiers, siempre con las presentaciones a cargo de Horacio. A veces
esperábamos nuestro turno tomando café en un bar que
estaba enfrente y a veces nos quedábamos en el cuartito que
hacía las veces de camarín, en el fondo del local.
El hecho es que Horacio solía cantar un bolero suyo, cuyo
título no recuerdo, que empezaba diciendo “Una ventana
que no se acostumbra al sur” y lo cantaba en un tono excesivamente
alto para su registro de voz, con lo cual siempre estaba en el límite
de la afinación. Y le decíamos: “Horacio, por
qué no lo cantas medio tono o un tono más bajo, sería
más cómodo y no forzarías la voz...”.
Y Horacio insistía. Y nosotros también. Hasta que
un día, mientras él presentaba a Vera y atendía
a la gente, comenzamos a levantarle la afinación de su guitarra
un poquitito. Y un poquitito todos los días. Cada día
que pasaba Horacio tenía que esforzarse más y con
resultados más dudosos. Y nosotros, con nuestra mejor cara
de inocentes, le decíamos “Ves, Horacio?... ”
Pero no daba el brazo a torcer, hasta que un día, al darse
cuenta que estaba rojo como un tomate y con las venas del cuello
como cordones de zapato, se le ocurrió chequear la prima
de su guitarra con el piano y se dió cuenta de lo tremendamente
alta que estaba... Con gran parsimonia, pidió disculpas,
explicó el problema, afinó nuevamente su guitarra
y antes de retomar el canto dijo: “Yo sé quienes fueron
los hijos de tal por cual que hicieron esto...” El público
aplaudió y sonrió, entendiendo la alusión,
mientras nosotros, en el cuartito del fondo, nos revolcábamos
en el suelo de la risa. Horacio dice que nos perdonó pero
yo creo que aún hoy sigue un poquito enojado. Y algo de razón
tiene, no?
|
|