(La Banda Elástica) Carlitos y la trompeta
Carlos es un personaje muy curioso, retraído y al mismo
tiempo muy gracioso, detallista a la vez que distraído...
En una temporada en el Teatro Colón de Mar del Plata, Carlos
estaba tocando con “dificultades”, con menos sonido
del habitual y como si hiciera un gran esfuerzo, cosa rara en él,
y nosotros pensamos que era por falta de estudio, falta de labio.
Habitualmente llegábamos al teatro un par de horas antes
de la función y nos poníamos a tocar para ir calentando
y probar la amplificación, pero más que nada porque
nos encantaba. Una vez que Carlos no había llegado intenté
tocar su trompeta pero apenas le pude sacar sonido, era una piedra,
y pensé que además de no ser trompetista había
pasado mucho tiempo sin probar ese tipo de boquilla. No pasó
más de una semana de este episodio y una noche, antes de
la función, Carlos se acerca y me dice que no sabe qué
pasa pero no le puede sacar sonido a la trompeta. Probé y
era cierto, pensé que tal vez al intentar limpiarla Lito
(nuestro asistente) había puesto los pistones en los cilindros
equivocados. Pero resulta que ni Carlos ni Lito habían hecho
nada. Faltaban unos veinte minutos para la función y no sabíamos
qué hacer. De pronto se me ocurre sacar la boquilla y mirar
el orificio... Para qué... se veía apenas un hilito
de luz, cuando en realidad debería verse un diámetro
de un par de milímetros. La destapamos con un cepillito y
pensé “Ya está...” Puse la boquilla, soplé
y nada... Ya había verificado que los pistones estaban en
la posición correcta, no sabía qué hacer, y
perdido por perdido, empecé a desarmar la trompeta sacándole
las “pompas” (son esas curvas que se ven saliendo de
los cilindros y vinculando los tramos rectos). Bueno, lo más
chico que salía de las pompas eran dinosaurios de regular
tamaño, y ahí nos enteramos que Carlos nunca la había
limpiado porque creía que con la llavecita de desagote bastaba,
cosa que tal vez fuera cierta cuando tocaba en alguna “jam
session” de vez en cuando, pero no cuando tocaba ocho o diez
veces por semana durante casi dos horas. Vaya en descargo de Carlos
que él se la había comprado a un director de teatro
que no voy a nombrar, pero que sospecho que tuvo la mayor responsabilidad
en esta historia. La cuestión es que tuvimos que limpiar
la trompeta poniéndola bajo el chorro de la canilla y usar
un secador de pelo (y mucha adrenalina) para tenerla lista antes
del comienzo de la función. Obviamente, las “dificultades”
no tenían que ver con estudio ni con labio ni nada, era la
trompeta que estaba intocable y hay que decir que así y todo,
no sabemos cómo, él la hacía sonar... Como
se podrán imaginar, Carlos con su trompeta limpia, además
de tocar como los dioses, fue el tipo más feliz del mundo.
Y nosotros también.
|
|